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He aquí la solución de este increíble juego:

Nada más pisar las polvorientas callejuelas deshabitadas, Ed se vio agasajado con un caluroso recibimiento. Caluroso, y explosivo, el también se podría decir.

Un cartucho de dinamita derrumbó el puente, único camino de salida del pueblo, y a punto estuvo de acabar también con su vida. Un sujeto alto y demacrado, que vestía una sotana negra y un sombrero vaquero, había sido el encargado de encender la mecha. Una vez más, Ed estaba metido en un buen lío. Después de recuperarse del efecto de la explosión, Ed se dirigió al derruido "saloon" donde encontró un bidón de gasolina que utilizó para poner en marcha un proyector que había en el interior del edificio. Las imágenes mostraban cómo uno de los actores principales era poseído por un fantasma desconocido, mientras el caballo huía aterrorizado. Las cosas empezaban a resultarle familiares. Un registro posterior del inmueble le permitió hacerse con una lata de aceite, una llave, unas maracas y una caja de cerillas, así como una jarra con alcohol de madera, una botella y un frasco, escondidos en la barra, enfrente de una calavera de toro que decoraba la pared principal. Casi por inercia, decidió empujar el cuerno izquierdo, que abrió una trampilla en el suelo custodiada por un zombie armado hasta los dientes. Después de una ardua pelea el espectro se transformó en un gato endemoniado y salió despedido por los aires, dejando tras de si un as de diamantes y una bala de oro. Decidido a explorar la trampilla, Ed se dejó caer, hallando una lámpara vacía. Con ayuda del aceite y las cerillas consiguió encenderla, y así descubrió que se encontraba en la bodega.

Allí se hizo con un bastón y examinó el cartel que colgaba de la pared, donde se revelaba la existencia de un pasadizo secreto dentro del barril situado más a la izquierda. Sin embargo, detrás de la puerta de madera sólo encontró un buen puñado de serpientes, a las que engañó utilizando las maracas. Una rudimentaria escalera le guió hasta una de las celdas de la cárcel, donde fue atacado repetidas veces por varios cowboys armados con escopetas. Mientras se deshacía de los fantasmas, recogió una piedra y, con ayuda del bastón, recuperó la llave de la puerta que había en el exterior de la celda. Una vez fuera, lanzó la piedra contra la pared, en cuyo interior encontró un amuleto indio que le permitió sobrepasar el pentagrama que había en uno de los pasillos. También le entregó la jarra de alcohol de madera a un zombie, en la sala del fondo, obteniendo a cambio un frasco curativo. Al otro lado del mencionado pentagrama se encontraba la oficina del Sheriff. Registrando un poco, se hizo con una estrella, unos cartuchos y un poderoso Winchester, que consiguió abriendo el armero con la llave que poseía.

Colgados de las paredes, reposaban los carteles de los forajidos más famosos de Slaugther Gulch, entre los que se encontraban los Hermanos Elwood, Li Tung, un karateka experto en explosivos y Jim Burris, al que sólo una bala de oro podía detener. Ahora Carnby conocía a sus enemigos, estaba en disposición de enfrentarse a ellos. Se internó en una sala dominada por un enorme armario, al lado de una puerta que alguien intentaba abrir. Rápidamente, empujó el armario hasta bloquear la puerta. Después, se apropió de una escopeta escondida en el armario y subió por la escalera que había detrás, alcanzando el ático del edificio. La luna brillaba en lo alto ofreciendo una noche clara, convertida en espectadora de excepción de los terribles acontecimientos que estaban a punto de producirse.

Nada más salir al exterior, Carnby encontró un látigo y una soga de horca en el centro de una luz sobrenatural que esquivó para hacerse con ella. También se apoderó de una tira de cartuchos y una placa de hierro que utilizó como chaleco antibalas antes de encontrarse con Burris. Cuando el cuatrero se encaró con él, Ed cargó la bala de oro en el Winchester y acabó con su vida, obteniendo a cambio un saco lleno de escorpiones. Allí cerca, en los alrededores de un barril de pólvora, se hizo con una ametralladora Gatlin, un frasco curativo y una mecha corta. La única salida posible era una puerta que se encontraba cerrada, así que disparó contra ella antes de encender la lámpara y entrar en la misteriosa sala. En su interior, descubrió con horror como un misterioso sujeto estaba ahorcando a un muñeco vudú, con un parecido asombroso a Ed. Mientras sentía como le faltaba la respiración y el cuello comenzaba a quebrarse, utilizó la soga de horca para librarse del hechizo. En seguida, colocó los escorpiones en la trampilla y empujó la palanca, acabando con el hechicero. Como recompensa a sus esfuerzos, obtuvo un cartucho de dinamita, al que colocó la mecha, y un trozo de carne seca. Luego, más tarde se dirigió al barril y, después de deshacerse de dos esqueletos enterradores y esquivar los disparos que provenían del otro lado de la mirilla, introdujo el cartucho en un agujero cercano al bidón de madera. Antes de encender la mecha, abrió la puerta. Mientras las cerillas cumplían con su deber, escapó de la sala al mismo tiempo que una tremenda explosión revelaba una nueva salida en la pared. Hacia allí se dirigió, pisando una flecha que había en el suelo, lo que reveló un nuevo pasadizo. A través de él llegó a un tico dominado por una puerta, donde se deshizo de otro vaquero con bastantes malas pulgas. En la pared del fondo había un hueco disimulado que escondía una gigantesca máquina. Examinándola con atención, Ed colocó la estrella del sheriff en el hueco y utilizó el látigo para desplazar la palanca superior. Esto activó un mecanismo que abrió la mencionada puerta. Así llegó hasta un puente que cruzó a la carrera, saltando hasta la ventana que daba al primer piso del saloon. En el pasillo principal Carnby encendió todas las lámparas, obteniendo varios mensajes. Al otro lado de una de las puertas, había una sala presidida por un gran cuadro del que salió el fantasma de Arizona Kid. En la hoja de periódico que había en el suelo, Ed encontró la solución al enigma. La hoja decía así: "Kid se aparece todas las noches en el lugar donde murió, cuando el buitre canta. Es posible seguirlo a través de su imagen". Sin perder tiempo, alimentó con la carne al pájaro del reloj de cuco, que le entregó una ficha y ahuyentó al cuatrero. Sin olvidarse de coger el perchero, atravesó el cuadro, yendo a parar a un dormitorio donde reposaba una gran cama. Tras el correspondiente registro, se adueñó de una pera de agua, una perla, una flecha y una llave detrás del espejo. Le entregó la flecha al cupido, y observó una extraña imagen reflejada en el cuadro. Abrumado por la proliferación de pensamientos oscuros que recorrían su mente, regresó a la venta rota por la que había llegado al saloon, y encontró un anillo de bisutería cerca del enorme agujero que había en el suelo.

Manipulándolo un poco, separó el aro del diamante. Puesto que todas las puertas estaban cerradas, utilizó la llave del espejo en una de ellas, y entró en una nueva habitación donde reposaba el diario de Emily. En él se narraban los misteriosos acontecimientos que habían tenido lugar durante el rodaje de la película. Al parecer, todo empezó cuando se produjo un temblor en la falla de San Andrés, justo el lugar donde se estaba escenificando la película. Brett Samuels, uno de los técnicos de rodaje, desapareció en el abismo, y aún a pesar de que se buscó su cuerpo durante muchos días, éste no apareció. Poco a poco, todos los miembros del equipo de rodaje fueron asesinados o poseídos por espíritus malignos, hasta que sólo quedaron con vida Emily y Morrison, el armero. La narración se interrumpía bruscamente, dejando en el aire muchas de las dudas que corrompían al bueno de Ed. En una de las encimeras, descubrió la estatua de un dragón, al que le faltaba un ojo. Poniendo el diamante en el lugar apropiado, obtuvo un paquete cartuchos para el Winchester. La única salida de la habitación era el balcón, donde un zombie disparaba desde una de las ventanas. Haciendo gala de su afilada inteligencia, Edward puso el perchero delante de la ventana, para frenar las balas. Como el cuatrero había perdido su ventaja, salió afuera, pero su enorme corpulencia hizo que se rompiera el suelo y aterrizara unos metros más abajo. Para entrar en la nueva sala recién descubierta, Ed empujó uno de los paneles de la ventana y formó un rudimentario puente. Una vez dentro, se hizo con un disparador de una cámara, un flash, una llave y un folleto de instrucciones, con un mensaje: "los rollos de películas son inflamables" Pero lo que más turbó sus pensamientos fue la foto de un temible pirata que le resultaba familiar: era nada más y nada menos que Jack el Tuerto, el morador de la ostentosa Cocina del Infierno, escenario de una de sus anteriores aventuras. Mientras unas gotas de sudor frío comenzaban a recorrer su frente, Ed decidió utilizar la pera de agua con el disparador y volver sobre sus pasos regresando a la ventana rota por donde había entrado en el saloon. Utilizó la llave recién descubierta y abrió la puerta más cercana. Un voluminoso habitante de las tinieblas que agitaba los brazos con la furia de dos hirientes látigos le impidió continuar su camino. En una de las esquinas de la sala, un rollo de película yacía abandonado en el suelo. Acordándose del último mensaje que había elido, usó el disparador y posteriormente el flash en el rollo abandonado. El zombie acabó achicharrado, lo que le permitió apoderarse de un bidón de aceite. Introdujo la ficha que llevaba en el piano mecánico y escuchó una curiosa historia, según la cual un tal Stone llegó a estas tierras, gobernadas por los indios, y descubrió un extraño mineral. Inmediatamente, contrató a un puñado de presidiarios para construir una estación y un tren, mientras edificaban una compleja red de subterráneos en el lugar donde antes reposaba el templo de los indios.

¿Cuál seria ese extraño mineral?. ¿Por qué los indios no opusieron resistencia? Preguntas sin respuesta a las que Carnby, de momento, no podía contestar. Como se le habían agotado todas las salidas, Ed decidió investigar más a fondo la habitación, fijándose en una atrayente diana, a la que no dudó en disparar. Como premio a su buena puntería obtuvo un frasco reconstituyente y un palo de guerra indio, mientras la caja que ocupaba el centro de la sala se movía a un lado para dejar al descubierto la entrada de un maloliente subterráneo. Con ayuda del aceite, las cerillas y la lámpara, consiguió iluminar la estancia, reflejando unas paredes rocosas que desembocaban en una amplia caverna gobernada por un lago de lava. Saltando cuidadosamente de bloque en bloque, Carnby alcanzó el pilar donde descansaba un indio, al que enseñó el palo de guerra para poder continuar con su camino. Tras unos cuantos saltos más, llegó hasta un bloque decorado con un símbolo, después de encontrar unos cartuchos y una llave pequeña. Ahora, con mucho cuidado, consiguió alcanzar la antepenúltima piedra antes de la salida, en donde quedó atrapado. Sin saber que hacer, recordó que se encontraba en un lugar sagrado, así que usó el amuleto navajo, que hizo aparecer de la nada una hermosa guila, transportándolo a la ansiada salida. Así, se adentró en las largas estancias de una sobrecogedora mansión, demasiado parecida a otras que ya había desentrañado sus secretos.

Después de deshacerse de dos matones, se adueñó de una chistera, un frasco y una llave, que empleó en la puerta del final del pasillo, donde estaba la biblioteca. Allí, localizó una plancha de imprenta, un manual de relojería y un libro cerrado, que abrió con la llave de las cavernas. El manuscrito hablaba de las tradiciones de los indios navajos, pero unas desalentadoras revelaciones no hicieron sino confirmar sus sospechas de que sus antiguas pesadillas, que ya creía olvidadas, volvían a la realidad. Pregzt, el dueño de Derceto, también estaba envuelto en todo esto. Intentando liberar su mente de recuerdos dolorosos, siguió registrando los alrededores. Descubrió un reloj detrás de un busto y un espejo donde colocó la plancha de la imprenta que reflejaba la matanza de Slaugter Gulch, ocurrida en 1865. Con estas inquietantes noticias, Ed se encaminó a la puerta cercana a un barril de sales de plata. Gracias al manual de relojería, consiguió abrirla con ayuda del reloj. En la sala que quedó al descubierto se encontró con Morrison, el amigo de Emily, que le entregó un storyboard. También consiguió algunos cartuchos colocando la chistera en la estatua de Abraham Lincoln.

Justo en ese momento, un nuevo espíritu maligno apareció a través de una de las vidrieras, atacando a Morrison.

Tras acabar con él, Carnby se dirigió al mencionado ventanal y lo destrozó de un disparo, lo que le permitió alcanzar el cementerio. Allí, las tumbas abandonadas parecían permanecer bajo el influjo de una piedra circular adornada con símbolos indios. Se le ocurrió introducir el palo de guerra en el agujero del centro, despidiendo un rayo de luz que impactó de lleno en la tumba marcada con las iniciales O.E.J. (One Eye Jack). ¡Así que aquí era donde reposaban los restos del malvado Jack el Tuerto, al que Carnby creyó eliminar en la cubierta del barco pirata, en su anterior aventura!.

Recordando acertijos pasados, colocó el as de diamantes encima de la tumba, que desplazó la losa dejando al descubierto una nueva entrada. Decidido a comprobar si realmente Jack el Tuerto estaba muerto, Edward se introdujo en el panteón, hallando un pergamino con el mensaje Volveré!", mientras era transportado a la cocina de la mansión. Entre cazuelas oxidadas y mesas carcomidas, encontró un rollo de película, una bolsa de carne seca y un frasco de aceite, que empleó para aderezar la carne de la chimenea. Esto activó un mecanismo que separó la pared y le permitió acceder a la sala de baile. El amplio salón estaba presidido por una pareja de bailarines que le entregaron una caja de cartuchos y un martillo. Los músicos, sin embargo, no eran tan amistosos, así que tuvo que deshacerse del florista después de coger la cuerda de la guitarra, la partitura y la llave de la caja fuerte que se escondían el gramófono. En seguida, regresó a l a cocina, escapando por un corredor camuflado detrás de un falso mueble. Así se encontró con otra puerta cerrada, que abrió empleando uno de sus habituales métodos expeditivos: introdujo la bala 30/30 en la cerradura y la explosionó con el martillo, desarmando el cerrojo que le impedía continuar la búsqueda. Allí mismo, en una destartalada habitación, encontró un detonador, una bombilla y el plano de colocación de una bomba junto a una maqueta de la estación, así como una mesa de montaje estropeada, que arregló con la cuerda de la guitarra y la bombilla. De esta forma, pudo visionar el rollo de película que llevaba, una esotérica filmación donde se veía como la dulce Emily era poseída por un demoníaco personaje. Por último, antes de abandonar la mesa, utilizó la partitura en el visor, descubriendo un número, "806", camuflado entre las notas. La única salida del cuarto trastero era una puerta que llevaba directamente al banco. Esquivó un nido de ametralladoras que protegía la caja fuerte y localizó un libro de astronomía y una curiosa pintura de un billete de dólar con una combinación. Examinó repetidas veces el cuadro y situó el número 806 en la combinación, desactivando así las ametralladoras. Ahora, el camino hacia la caja fuerte estaba d espejado, pero la extraña combinación que poseía le impidió abrirla al primer intento. No obstante, gracias al libro de astronomía descubrió que la perla jugaba un papel fundamental, además de la propia llave de la caja. Después del satisfactorio "clic", la puerta cedió para dar paso a un nuevo zombie que, aprovechando el susto inicial, le robó el amuleto y se dio a la fuga. Rápidamente, antes de perderlo de vista, Carnby salió en su busca y le obsequió con un par de agujeros en el estómago, recuperando el preciado objeto. Ya dentro de la caja fuerte, encontró una maleta de la Hill Century repleta de dinero, pero que contenía una trampa que se activaba al abrirla. Puesto que todas las demás salidas estaban cerradas, Carnby abrió la ventana que había cerca de la caja, aterrizando en la casa de McCarthy. Allí encontró un mensaje firmado por el ministro Jed Stone, en el que confesaba estar dispuesto a cambiar a Emily por la maleta llena de dinero y su correspondiente llave, en el depósito de agua. Puesto que no tenia otra elección, Ed decidió aceptar el trato. La única forma de llegar a las afueras era a través de la mina, así que, emulando a Indiana Jones, se montó en la carretilla que había en la sala, no sin antes apoderarse del conector. De esta manera tan cinematográfica, escapó de los matones que rodeaban la casa y llegó a la estación abandonada. Allí le estaba esperando el jefe de la estación, que doblegó empujando un gigantesco cartel y derramando la pintura. Como premio a su agudeza de ingenio, consiguió la ansiada llave de la maleta y un tirafondos escondido en los railes, que empleó para golpear la campana que abría la puerta que daba acceso a la vía del tren. El depósito de agua se encontraba cerca pero antes de acudir a la reunión decidió cubrirse la espalda. Gracias al plano de la bomba que había recogido, colocó el detonador y el conector en la valla cercana al edificio. En unos pocos segundos, la estación voló por los aires, acabando con un zombie que aprecia dispuesto a robarle la maleta antes de acudir a la cita. Ahora que ya nada podía detenerle, se dirigió al tanque de agua, donde Emili esperaba aterrorizada. En seguida apareció uno de aquellos horripilantes muertos vivientes, empuñando una bandera blanca. Ed se dispuso a cumplir su parte del trato, depositando la maleta y la llave en el suelo. Esta ingenuidad le costó la vida, ya que, con el dinero en su poder, los hermanos Elwood hicieron acto de presencia y le acribillaron a balazos, mientras unas carcajadas metálicas se mezclaban con los silbidos de las balas.

Cuando Edward Carnby despertó, sus feroces ojos eran capaces de ver en la oscuridad; su olfato captaba todos los olores de la noche, y sus cuatro patas provistas de afiladas garras le permitían desplazarse con gran rapidez. Gracias al amuleto indio, el hechicero había conseguido recuperar su alma e introducirla en el cuerpo de un puma, aunque sólo temporalmente. Si quería recuperar su forma humana debía devolver el águila dorada a la tierra de donde provenía, antes de que se apagasen las cenizas de la hoguera. Sin perder ni un instante, Ed aprovechó su cuerpo felino para entrar en el saloon y subir de un salto las escaleras rotas que la anterior vez no había podido franquear. Así llego al primer piso. Saltando hábilmente el agujero del suelo y la ventana rota, alcanzó el tejado de la cárcel, justo hasta uno de los rebordes donde se divisaba la estatua de Jed Stone. Una vez más, de un poderoso brinco aterrizó cerca de su brazo, donde descansaba una hermosa figura con forma de águila. Con la reliquia en su poder, siguió la vía hasta llegar a un barril de alquitrán, en el que introdujo una de sus patas delanteras. Después se encaminó a la mansión y metió la garra manchada en el bidón con las sales de plata. Ahora ya disponía de un arma para acabar con los lobos que le impedían el paso al camposanto, donde se encontraba la cueva del hechicero. Tras una dura batalla, colocó el águila en el fuego de la caverna, recuperando su conciencia humana bajo un metro de tierra prensada. Afortunadamente, hacia apenas unos minutos que acababa de ser enterrado, así que no le costó demasiado salir de su propia tumba. El susto se lo llevó el sorprendido enterrador, que dejó caer su revólver, suministrando un arma al reencarnado Carnby, junto a una pastilla de jabón que encontró por allí cerca. De nuevo, se dirigió al tanque de agua, en busca de algún rastro de Emily, pero sólo encontró a un pistolero que aprecia ser su propio doble. Ed dejó el revolver en el suelo y le ofreció su mano, entremezclándose con la extraña aparición, mientras se transformaba en un imponente vaquero. Tras recoger de nuevo el arma, subió hasta la cima del tanque y se introdujo en su interior, donde usó el jabón con su espectro que patrullaba la zona, y el cepillo metálico que encontró con el agujero de la viga. De esta forma, abrió una trampilla que le llevó a otro sobrecogedor complejo de cavernas.

El primer objeto que llamó la atención de Carnby fue un carcomido cuaderno que escondía una buena cantidad de importantes revelaciones. Su detallada lectura le permitió descubrir que el mineral de la montaña era radioactivo, por lo que antes de manipularlo había que fundir plomo sobre él. Dado que el agua de las cavernas era agua pesada el hidrógeno había sido sustituido por su isótopo, el deuterio, su combinación con el mineral podía provocar el apocalipsis. También se relataba una leyenda azteca según la cual el que hiciera derrumbar el mundo a los mares del otro lado de la Gran Cicatriz la falla de San Andrés reinaría sobre toda la Tierra. Meditando sobre estos dos misteriosos descubrimientos, Carnby localizó un plano y una hoja seca, que colocó en el busto del indio. Con ello, abrió la puerta que le llevó a una nueva gruta repleta de camastros, donde tuvo que enfrentarse a dos carceleros ayudándose de un pico que encontró por allí cerca. Tras salir victorioso, se encontró con un frasco azul y un pergamino con el siguiente mensaje: "al de la carabina hay que darle de beber. Una vez en el cielo, apártate del viejo chiflado y sus agujas envenenadas". El siguiente obstáculo era un suelo de picas que sólo se podía cruzar pisando en unas baldosas. Tras una serie de intentos fallidos, consiguió arribar al otro lado, donde aniquiló a otros dos zombies con ayuda del pico. Así, llegó a una derruida biblioteca y encontró un libro de bocetos de Jed Stone, que dejaba al descubierto su plan diabólico. Al parecer, pretendía hundir el lado oeste de la falla de San Andrés, sepultando ciudades como Los Ángeles y San Francisco. También se interesó por otro libro calcinado en donde descubrió el nexo de unión entre sus anteriores aventuras: Jed Stone era nada menos que el hijo de Pregzt y Elis Jarret, la bruja a la que se enfrentó en La Cocina del Infierno. Una minuciosa exploración del recinto le permitió abrir la puerta con ayuda de la palmatoria, saliendo de allí con una garrafa de agua y una aguja en su poder. Le entregó la garrafa al carabinero y así entró en el ascensor, donde recogió una hucha que en su interior escondía el portaobjetos de un microscopio. Empujó la palanca y se internó en una sala presidida por cuatro pulsadores de varios colores. Colocó el portaobjetos en el microscopio y descubrió la secuencia de colores para abrir la puerta, lo que le permitió acceder a un tétrico laboratorio. Recordando el mensaje del libro, envenenó la aguja con ayuda de un frasco de veneno. Después, usó el frasco en el matraz, bebiendo el liquido resultante. Al instante, Edward se transformó en un diminuto ser de apenas 15 centímetros de estatura. Gracias a su reducido tamaño, se introdujo en la celda donde estaba el doctor y le atacó con la aguja envenenada, tras recuperar su tamaño habitual. Esto le permitió añadir a su inventario un frasco de amoniaco, una paja y la llave de la cárcel. Introdujo de nuevo el veneno en el matraz, pero esta vez aprovechó su pequeñez para colarse por un agujero que había en la pared, al lado de la mesa. Utilizando la paja como pértiga, saltó un precipicio y se apoderó de una poción. Al recuperar su tamaño normal, descubrió que se encontraba en la guarida de un gigantesco hombre-araña, dispuesto a chuparle hasta la última gota de sangre. Sin casi darle tiempo a reaccionar, esquivó sus picotazos y derramó la poción en el charco que hacia las veces de bebedero de la bestia. Cuando ésta tomó un trago, se convirtió en una diminuta amenaza que Carnby aniquiló con la suela de su zapato. La apestosa gruta era en realidad una trampa de la que parecía imposible escapar. En una de las paredes, Ed descubrió un agujero que daba a una caverna donde se encontraban Emily y el endemoniado Jed Stone. Usó el frasco de cola de la araña al lado de la cavidad, en la parte más luminosa, y consiguió escalar la pared. El momento de la verdad llegaba y los peligros se sucedían uno tras otro. Ahora se trataba de un zombie cuya cabeza reposaba en la esquina opuesta de la habitación. Dado que las armas de Ed sólo parecían hacerle cosquillas, tuvo que ingeniárselas para coger la cabeza, esquivando el cuerpo, y tirarla por el agujero. Antes de salir por la puerta recién abierta recogió un lingote de plomo y un Winchester escondido detrás del yunque. En la siguiente cueva, el mismísimo Liu Tung, alias "Cobra", le salió al encuentro, y sólo gracias al Winchester recién adquirido pudo deshacerse de él, recuperando una peluca y una moneda de dólar, que introdujo en el póster de Jed Stone. Unas lúgubres escaleras y una caja de cerillas era lo único que le separaban de su dulce amiga... y del malvado pistolero, que debía haber maquinado algún plan diabólico ya que se dio a la fuga nada más ver aparecer el rostro asombrado de Carnby, mientras observaba el cuerpo poseído de Emily dentro de una calavera tallada en el suelo, por cuyos conductos fluía el mineral radioactivo. Evitando pisar el mineral, Edward se encaminó hacia el recipiente y lo encendió con las cerillas, colocando el lingote de plomo en el molde adecuado. El plomo se fundió, cubriendo el mineral y liberando así del hechizo a Emily, que salió corriendo para terminar desmayándose. Como la chica estaba fuera de peligro, Carnby decidió perseguir a Jed Stone, atravesando la puerta por la que había escapado, no sin antes recoger el bastón maléfico en que se había convertido el plomo. Ésta se cerró a sus espaldas y activó una plancha con pinchos que se acercaba dispuesta a ensartar al bueno de Carnby, mientras un malvado carcelero intentaba entretenerlo. En seguida, Edward acabó con él y se adueñó de su cuchillo, al mismo tiempo que lanzaba el frasco de amoníaco contra la puerta, para despertar a Emily. Ésta activó la palanca que tenía a su lado y detuvo la plancha mortal. En el lado opuesto del pasillo, la puerta no tenía cerradura, pero consiguió abrirla apalancando un gancho que colgaba del techo, con ayuda de la peluca. Los goznes rechinaron mientras un halo de malignidad le azotaba la cara sudorosa. Jed estaba cerca.

Nada más cruzar el portón, Carnby descubrió una gran figura de metal que lo apuntaba con un descomunal revólver. Era, en efecto, Jed Stone, protegido por una armadura metálica que le volvía invulnerable a las armas de fuego. Por si fuera poco, contaba con el apoyo de los hermanos Elwood, dispuestos una vez más a acribillar a balazos a nuestro héroe. Eso era lo que ellos creían; corriendo como un loco esquivó las balas y se dirigió al tótem que se erguía en el lado opuesto de la sala, donde introdujo el bastón maléfico. El poder del mineral consumió a los miserables hermanos Elwood. Ahora sólo quedaba enfrentarse con Jed Stone, aunque no iba a ser nada fácil acabar con él. Estudió detenidamente todas sus opciones e ideó un plan desesperado: mientras corría en zigzag para esquivar los balazos, se dirigió al depósito y abrió la llave de paso, inundando una pequeña zanja que corría debajo de unos cables pegados a las paredes. Se puso los guantes de goma que encontró cerca de allí y cortó el tendido eléctrico con ayuda del cuchillo, para dejarlo caer estratégicamente en el agua, sin que Jed se diera cuenta. Sin pararse siquiera a respirar, corrió de vuelta a esconderse detrás del tótem, que liberó todo su poder para empujar a Jed encima del agua, donde una terrible descarga eléctrica le hizo regresar al mundo de las tinieblas. Todavía con una mueca de horror en su rostro, Carnby recogió un saco de carbón y escapó por la puerta que Emily acababa de abrir, en dirección al tren que les llevaría hacia la libertad. Después de introducir el carbón en la caldera y encenderlo con las cerillas, pulsó la palanca de la derecha, mientras un ensordecedor pitido acompañado de una gran humareda inundaban la cueva. Una vez más, había salido victorioso de su lucha solitaria en la oscuridad, pero esta vez Emily estaba a su lado y, quién sabe, cualquier cosa es posible cuando se tiene entre los brazos a une estrella de cine agradecida...

 

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