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Cuando Carnby llegó al desván solo tuvo que echar un vistazo por la ventana para que su escepticismo natural comenzara a tambalearse. Una espantosa criatura alada se acercaba rápidamente, por lo que empujó el armario para bloquear su entrada. Mientras el demonio rompía el cristal y desistía de entrar gracias al armario, Carnby se estremeció con lo que oyó bajo sus pies, por lo que empujó un baúl hasta tapar la trampilla que había en suelo. Prefería no saber que provocaba esos ruidos. Disponía de unos momentos de tranquilidad y comenzó a investigar aquel desván. Cogió una lámpara de una mesa, del armario obtuvo una alfombra india, y de una estantería un libro que leyó. Contaba como Perseus venció a la Medusa haciendo brillar su escudo como un espejo.

En el baúl había un rifle que esperaba no tener oportunidad de usar, y en un lateral del piano encontró la carta que había venido a buscar. En ella Jeremy Hartwood, el último dueño de Derceto, contaba como, tras liberar fuerzas infernales, su única opción para salvar el alma era el suicidio. Carnby había cumplido y estaba deseando largarse de aquel lugar maligno, por lo que fue al fondo y descendió las escaleras.

Al final de ellas encontró un arco y una lata de aceite que usó para llenar la lámpara. Salió al pasillo y decidió no cruzarlo, ya que el suelo parecía inseguro. Entró en la habitación de su izquierda y en un escritorio se hizo con una llave que abría un baúl, en el que obtuvo un sable de caballería. Entretanto entró por la puerta un zombie de aspecto terrorífico. Carnby tuvo que hacer un sobrehumano esfuerzo para salir de la parálisis que le provocó el terror de aquella visión. El instinto de supervivencia le hizo usar sus mejores golpes contra aquel ser hasta que murió y desapareció en una explosión luminosa. Salió de aquella habitación y entró en la de enfrente. Cerró la puerta para evitar nuevas y desagradables sorpresas. Cruzó otra puerta y llegó a un dormitorio. A la izquierda de la cama había una vasija que lanzó contra la pared, para así conseguir una llave de su interior. Por la ventana entró un engendro alado al que Carnby mató con dos tiros de su rifle. Frente a la cama había un mueble con cajones. Con la llave abrió uno de ellos y encontró dos espejos. Salió desde allí al pasillo y enfrente estaba el cuarto de baño, en el que halló un botiquín. Lo abrió, dentro había un frasco que bebió y le dio fuerzas.

Finalmente se dirigió a las escaleras, pero estas habían sido bloqueadas por dos gárgolas inmunes a todos los disparos y golpes. Inspirándose en el libro de Perseus colocó los espejos en las estatuas que había junto a ellas, lo que las hizo desaparecer. Bajó por fin las escaleras y observó como una fuerza desconocida cerraba la doble puerta de enfrente. A estas alturas, y sin entender como, la curiosidad podía más que el miedo, y decidió no abandonar aquel lugar de pesadilla hasta comprender que ocurría. Había una armadura que no le inspiraba nada bueno, por lo que giró a su izquierda pasando lo más alejado posible de ella y siguió hasta una puerta que había enfrente. Llegó a un tenebroso pasillo con varias puertas, la primera de las cuales daba a un dormitorio en el que encontró un cuaderno, cuando lo cogió apareció de la nada un demonio alado al que fulminó con el rifle. Después, con tranquilidad, leyó el cuaderno, que se trataba del diario de Hartwood. Era largo y confuso, no había duda de que había enloquecido, y Carnby solo sacó en claro que detrás de todo el horror de Derceto se encontraba alguien llamado "el hombre oscuro". Al parecer bajo la casa había unas catacumbas y en los libros de la biblioteca podía haber más respuestas. Salió al pasillo y siguió. La segunda puerta daba a un cuarto de baño en cuyo lavabo había un monstruo aparentemente inmortal. Tuvo que entrar corriendo, coger una jarra del suelo, un botiquín del armario y salir inmediatamente. En el botiquín había otro frasco que se bebió para acumular fuerzas. Siguiendo por aquel pasillo llegó a otra habitación en la que no había luz. Su valor no alcanzaba a tantear en la oscuridad. Quien sabía que se ocultaba en las sombras.

Volvió al lugar de la armadura y, sin acercarse a ella, pasó y llegó a la puerta de enfrente. Se le heló la sangre cuando vio aquel ser incorpóreo sentado frente a la chimenea. Solo podía ser el hombre oscuro. Carnby sabía que si le molestaba solo tendría tiempo de desear una muerte rápida. Sin aproximarse a él y perturbar su descanso, cogió un gramófono y un disco de la mesa, una caja de cerillas y un atizador de la chimenea y una caja de cartuchos del armario, con la que recargó el rifle. Con las cerillas encendió la lámpara de aceite y descubrió que esta solo se gastaba mientras la llevaba en la mano, por lo que decidió economizarla al máximo. Aligeró los bolsillos soltando llaves usadas, documentos ya leídos y frascos y botiquines vacíos. Volvió a la habitación oscura y en ella encontró una pesada estatua y un libro con el extraordinario relato de Lord Boleskine. Siguiendo por ese pasillo llegó a la galería de cuadros. El primero de ellos le causó pavor, por lo que lo tapó con la alfombra india. Todas las pinturas eran el producto de una mente enferma y sintió que no estaba preparado para seguir por allí. Regresó a la armadura y, en un impulso de rabia, le lanzó la estatua con todas sus fuerzas, lo que la hizo desaparecer y Carnby consiguió así su espada. Allí le quedaban tres puertas por cruzar, la doble estaba cerrada, las otras dos llevaban al piso de abajo, que fue a donde se dirigió.

A su derecha había dos puertas. Entro por la de la derecha, que daba a la cocina. Cogió una repugnante olla de carne humana. Había dos pequeñas puertas oscuras. Tras la primera encontró una llave y una caja de galletas que consumió. Al cruzar la segunda le atacó un zombie. Ya había matado a uno, por lo que no le costó demasiado liquidar a este a golpes. Llenó la jarra en un barril de agua y en un montón de carbón encontró una caja de zapatos en la que había un revolver. Soltó las cajas y la lata vacía y abandonó la cocina por la última puerta que le quedaba. Estaba en un pequeño corredor, la puerta de enfrente le condujo al comedor. Se encontraba infestado de zombies, por suerte Carnby pudo mantener la mente clara y comprender que llevaba su plato favorito: carne humana. Dejo la olla sobre la mesa y los monstruos le ignoraron. Frente a la chimenea había otra puerta, detrás de la cual salía un humo maligno del interior de un cenicero. Lo extinguió con la jarra de agua. Cogió un mechero, y de un mueble, un libro y un disco. El libro recogía las inconclusas memorias de Lord Boleskine, que había muerto presa de la locura. Había dos puertas, una estaba cerrada, la otra le condujo a dos puertas más en el recibidor de la casa. La de la derecha era la salida, pero Carnby estaba ya convencido de que las fuerzas diabólicas que dominaban Derceto no le dejarían escapar con vida. Tenía que acabar con ellas si quería salir de allí. Por tanto entro por la de enfrente.

Le estaba esperando un pirata salido de ultratumba. Las armas de fuego no le hacían efecto, por suerte llevaba la espada de la armadura, con la que pudo devolverle a la muerte gracias a sus conocimientos de esgrima. El pirata soltó una llave, y junto a unos cuadros cogió un libro, el Demonia Particularis, que explicaba rituales del culto de los Viejos. Con la llave del pirata abrió la puerta de al lado, por la que entró en el salón de baile. Cogió un disco de un mueble. En la chimenea había algo, pero no podía llegara a ella, ya que estaba protegida por tres parejas de baile petrificadas, probablemente procedentes de un lejano y glorioso pasado de Derceto. Carnby intuía que encontraría una muerte instantánea si se acercaba a ellas. Intentó ponerlas en movimiento con el gramófono. Tenía dos discos. El primero era el Danubio Azul y el segundo el Opus 69 de Chopin. Ninguno de ellos logró hacer bailar a aquellas almas en pena, por tanto dejó allí el gramófono para un uso posterior. También dejó en un rincón, para aligerar peso, los libros leídos, los discos, la jarra vacía, las cerillas (ya inútiles con el mechero), y la llave del salón.

Volvió al recibidor, giró a la derecha, pasó entre dos puertas. La de la izquierda daba al comedor y la de la derecha llevaba al salón de baile. Siguió y llegó a las escaleras. A la derecha había dos puertas. La del fondo era la de un patio ajardinado, en el que cogió tres flechas de una estatua y salió inmediatamente por donde había entrado, ya que aparecieron voraces arañas. La otra puerta se abrió con la llave que había encontrado en la cocina, y por allí se bajaba a la bodega. En ella había unas ratas enloquecidas por el ambiente maldito que se respiraba. Bajó las escaleras, giró a su izquierda, cogió unas balas al fondo y huyó corriendo del lugar. Retornó a la galería de cuadros. Frente a la pintura que había tapado, al otro lado de la galería, había otro cuadro poseído por el mal. Carnby le lanzó una flecha desde lejos y lo convirtió en inofensivo. La primera puerta a la derecha daba a la biblioteca, pero prefirió no entrar y dirigirse a la segunda, un dormitorio. Sobre una mesa había un libro falso, y empujando un gran reloj encontró un compartimiento secreto de donde sacó un pergamino y una llave dorada. Leyendo el pergamino aprendió que en las aguas estancadas nada el Dios Dagon y que en las bibliotecas se puede encontrar la perdición si se coincide con el Vagabundo Errante. Alertado se dedicó a observar los cuadros de la galería, producto de las descabelladas pesadillas de Hartwood. Uno en especial le llamó la atención. En él se veía un viejo y gran árbol ardiendo.

Finalmente entró en la biblioteca, que estaba a oscuras, por lo que encendió la lámpara y la dejó en el suelo. No tardó en aparecer, como era previsible, el Vagabundo Errante. Carnby solo podía correr fuera del alcance de aquella encarnación del mal. En la última estantería, pegada a la pared izquierda, encontró un mecanismo que, activado por el libro falso, abría una estancia secreta a la izquierda. Entró en ella y cogió un talismán, también halló tres dagas, dos pergaminos y dos libros. Comenzó leyendo los pergaminos. El primero contaba como era la daga que podía matar al Vagabundo, el segundo hablaba de un signo con forma de pentagrama que protegía del mal. Ese signo se encontraba en el suelo, por lo que Carnby se situó sobre él. El primer libro era el Vermis Mysteriis, y sus palabras impresas desprendían tanto horror que si no hubiera estado protegido por el dibujo del suelo le habrían provocado la muerte al instante. El segundo alertaba contra lecturas prohibidas como el Necronomicon o el propio Vermis Misteriis. Empuñó la daga sinusoidal y salió a enfrentarse al Vagabundo.

Sólo necesitó un golpe para devolver al errante a los infiernos. Después, rápidamente para no gastar demasiado aceite de la lámpara, buscó mas libros por la biblioteca. Encontró cuatro y salió de la biblioteca guardando la lámpara. El primer libro contaba la historia de Derceto. Al parecer la había construido un tipo llamado Pickford que se había enriquecido con la piratería. Realizó grandes obras buscando algo en su subsuelo. Finalmente, y tras extrañas circunstancias, Pickford había muerto en un gran incendio. Después Howard Hartwood había reconstruido Derceto y, por lo que Carnby sabía, tanto él como su hijo Jeremy habían muerto de puro terror. El segundo libro hablaba de abominables criaturas que habitaban el ártico, el tercero contaba horrores sobre cultos aztecas, y leyéndolo supo porqué la estatua había acabado con la armadura. El último se componía por fragmentos del libro de Abdul, que no era otro que el Necronomicon. Carnby enloqueció tras leerlo, no obstante logró recuperarse, aunque a costa de parte de sus energías. Dejó por allí todos los libros, dagas, pergaminos, el arco y las flechas para aligerar los bolsillos, y bajó a la habitación donde había sido atacado por el humo del cenicero. Con la llave dorada abrió la puerta que le quedaba en aquella estancia. Dentro, en unas estanterías, encontró un disco y un libro, el cual contaba otro de los negros sucesos ocurridos en Derceto. En la pared colgaban un escudo y una espada. Puso allí el sable de caballería y se abrió un pasadizo hacia las catacumbas. Antes de bajar volvió al salón de baile y puso en el gramófono el nuevo disco, que no era otro que La Danza de la Muerte. Por fin los fantasmas comenzaron a bailar. Con mucho cuidado de no tocarlos, Carnby cogió una llave de la chimenea, volvió al pasadizo y descendió a las catacumbas.

Cruzó un puente corriendo que se derribó a su paso. Estaba en una cueva que no le agradaba lo más mínimo, por lo que decidió llevar el revolver en la mano. Comenzó a avanzar hasta que notó a su espalda una presencia infernal. Se trataba de un gusano de tamaño descomunal, y Carnby comenzó a correr para salvar la vida hasta encontrar a un demonio alado al que derribó con dos certeros disparos. Siguió hacia adelante pero de nuevo topó con el gusano, y rápidamente retrocedió. El monstruo quedó bloqueado dejando el camino libre detrás. Carnby siguió en la dirección contraria a la que había venido y giró en el primer túnel a su derecha, llegando así a una caverna llena de agua. Recordó lo que había leído en un pergamino: "en las aguas estancadas nada el cruel dios Dagon". Por suerte había una cornisa de tablones por encima del nivel del agua, que comenzó a seguir pegado a la pared de su izquierda mientras de las aguas asomaba un horror verde. Comenzó a correr, saltó una tabla que parecía insegura y trepó hasta otra cueva donde le estaba esperando un engendro con seis patas al que pudo eliminar a disparos. Siguiendo por allí llego a una segunda caverna inundada de cuyo agua sobresalían varios pilares de basa cuadrada. Tras matar a tiros a una criatura que sobrevolaba la zona saltó por su derecha de un pilar a otro hasta llegar a otra cueva por la que continuó hasta una bifurcación. De la izquierda llegaban ruidos de pesadilla. Su curiosidad no superaba su pánico, por lo que optó por elegir el camino de la derecha, que acababa en otra tercera caverna inundada.

En esta ocasión sobre el agua pasaban puentes de madera. Observó que las tres cavernas de agua que había visto estaban conectadas por túneles, siendo el centro neurálgico la de los pilares. Esto le sería útil si caía al agua, podría volver a la primera y comenzar de nuevo. Se dispuso a cruzar los puentes. Era un paso inseguro ya que muchos puntos se hundían con su peso, persistiendo la amenaza constante del monstruo verde acuático, que desaparecía al recibir un solo tiro pero no tardaba en volver. Por suerte había puntos a poca altura a los que se podía trepar desde el agua. Tuvo que matar a un demonio volador y finalmente llegó al otro lado, donde había un cofre que se abría con la llave que había conseguido en la chimenea del salón de baile. Dentro había una gema y un libro, en el que el mismísimo Pickford amenazaba a quien lo leía con tomar su cuerpo, con la ayuda de Cthulhu, para volver a la vida. Ahora Carnby ya sabía quien había detrás de todo esto, debía encontrar a Pickford, fuera cual fuera la forma que tuviera en la actualidad, y acabar con él. Tras el cofre una entrada se hallaba oculta tras una roca, que Carnby apartó empujando. Entró en una estancia cavada en la piedra, la salida estaba a la derecha. Siguió por allí, se dejó caer a la izquierda, pasó junto a una puerta rocosa cerrada y penetró en la oscuridad. Encendió su lámpara y vio ante él un gran túnel con aspecto laberíntico. A mano derecha se hallaba otra puerta de roca también cerrada. El supuesto laberinto no lo era tanto, en realidad solo había un camino posible la mayor parte del tiempo, y cuando se bifurcaba se llegaba rápidamente a una pared siendo fácil volver al camino principal. Recorrió corriendo aquella galería subterránea para que no se acabara el aceite de la lámpara, ya que intuía que le volvería a hacer falta, hasta llegar a una salida bloqueada por otra puerta similar a las dos anteriores pero de color tierra.

Logró abrirla utilizando la gema y se encontró en una plataforma, a la izquierda de la cual un pilar salía del agua, un poco más adelante, también a la izquierda, había otra plataforma similar a la que había bajo sus pies con una puerta cerrada en su parte pegada a la pared. Al fondo, tras un altar, se erguía un viejo árbol con rostro humano que comenzó a lanzar bolas de fuego en cuanto Carnby entró en el agua. También apareció su ya viejo enemigo, el monstruo verde de las aguas, por tanto debía actuar con rapidez. En el altar colocó el talismán, y el árbol diabólico, que no podía ser otro que Pickford esperando robar un cuerpo para volver a tener forma humana, dejó de arrojar proyectiles ardiendo. También en el altar encontró un gancho. Carnby recordó el cuadro que había visto junto a la biblioteca, encendió la lámpara, se alejó unos pasos, y desde la izquierda la lanzó contra Pickford, que murió entre las llamas mientras la caverna se derrumbaba. Nunca supo que voz del más allá le avisó que saliera de allí, pero lo cierto es que no estaba pensando en otra cosa. Con el gancho abrió la puerta de la plataforma que hasta entonces estaba cerrada. Apareció a la entrada del laberinto oscuro, penetró en él y ahora lo encontró extrañamente iluminado. A la derecha abrió, otra vez con el gancho, la puerta de roca que allí había y solo tuvo que girar a su izquierda y dejarse caer para hallarse en la primera caverna inundada que había visto al entrar en las catacumbas. Por la repisa de madera llegó a la cueva, por la que yendo siempre a la derecha acabó en un agujero que le llevó a la bodega. Desde aquí fue fácil abandonar Derceto por la puerta principal.

Por fin estaba fuera y había vencido. Pasó un coche que le recogió, pero el conductor...

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